Cuando entramos en la sala colindante con la capilla, es de noche. Una luz clara, blanca, alumbra María tumbada en el suelo, con el Bebé acostado a su lado y José protegiéndoles con su figura serena. La música aumenta paulativamente de volumen acompañada por el amanecer que despacito ilumina el pueblo y sus habitantes. A medida que la luz del sol llega a los muros de las casas, se van dislumbrando niños por aquí y por allá. Quien corretea por las aceras, quien pide limosna en la entrada del templo, quien ayuda a su padre a vender pan recién horneado, quien subido a un árbol va a la búsqueda de huevos, quien sin piernas camina con la ayuda de un tablero con ruedas que se puede tirar con una cuerdecilla. Nunca ví tantos niños en un pesebre y qué dulce descubrirlos poquito a poquito. Como curioso fue deslumbrar la profundidad de las calles, una a una, según vas andando, hasta perderse en la lejanía, como si el pueblo fuera de verdad y no cuatro casas. El día transcurre paseando con los ojos entre la vendedora de telas, el mercante de variedades, los que charlan en el puente, el que tira del tozudo mulo, el río de agua corriente donde un niño pesca...
Aparece la luna y la luz anaranjada del templo se enciende, así como los reflejos de los hogares en las casas. Las estrellas blancas contrastan con estos reflejos color fuego de las ventanas y son iguales a la luminosidad resplandeciente de la Estrella de Oriente. Su tono es igual a la de la luz que permite admirar el delicado y hermoso rostro de la Virgen. De repente, un pedazo de esa misma luz permite deslumbrar, de forma cada vez más nítida, la figura de los Tres Reyes Magos. Cuando la música “Añade un sitio en la mesa” de “El diluvio que viene” se adormece, te queda una una gran sensación de paz. Y ha sido bonito, precioso, poder cantar la letra, pues como alumna de este mismo colegio fui una de las comparsas que formaban el pueblo que se sienta en la mesa dejando una silla vacía donde se posaría una paloma blanca.
Inmaculada Concepción, Agustinas Misioneras, es el nombre del instituto. La medalla de plata de la asociación de belenistas de Madrid es el premio que han ganado este año.
Lo que he ganado yo ha sido unos momentos de paz unidos a grandes recuerdos y la esperanza de haber transmitido algo a mis hijos.
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4.1.09
16.12.08
La Estrella
Entrañable
Nuestro pesebre no es lujoso, ni brillante, ni tiene luces en las ventanas. En realidad tiene sólo dos casas. No tiene agua en el río, sino el papel de aluminio que arrugamos cada año. Las estrellas del cielo no son intermitentes, pero la polar dibujada por mis hijos es de un amarillo precioso. Y la luna de papel, también. El césped lo reciclamos de año en año y los arbustos son cada vez más pequeños, porque con el uso van perdiendo consistencia. A pesar o gracias a todo esto, crece constantemente. Es rico del cariño que ponemos cuando colocamos el cartón suavecito que imita las montañas y que crujiendo entre mis manos forma poco a poco el portal de Belén, para resguardar al Niño que tiene que nacer. Sus personajes son chiquitillos, con mofletes y delicados, porque de barro. Cuatro somos y cuatro viajamos hasta Madrid para ver a mi familia de origen. Cuatro vamos a dar un inmancable paseo por el mercadillo natalicio de la Plaza Mayor y entre los cuatro elegimos una o dos figuritas para que el pesebre siga creciendo con nosotros, con nuestras creencias e ilusiones, problemas y soluciones. Hay pastorcillos y pastorcillas de todos los colores, una incluso lleva caramelos en un platito encima de la cabeza. Cuando los críos eran pequeños construímos un muro para que no se escaparan las ovejas, una fuente de papel maché, un patio de cartulina donde los artesanos podían mostrar sus quehaceres. Las tardes en que se hacen estos trabajos inundan la casa de paz, de calor hogareño y también quien no participa abiertamente lo recibe.
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Il nostro presepio non è di lusso, né brillante, né ha luci che brillano dalle finestre. In realtà ha soltanto due case. Non ha l’acqua nel fiume, ma la carta di alluminio annualmente stropicciata. Le stelle non sono intermittenti, ma la polare disegnata dai miei figli è di un giallo bellissimo. E la luna di carta, pure. L’erba viene riciclata ogni 365 giorni e gli arbusti sono ogni volta più piccoli, perché l’uso diminuisce il loro volume.Nonostante oppure grazie a ciò, cresce costantemente. E’ ricco dell’affetto con cui adoperiamo il soave cartone che imita le montagne e che facendo crongn crongn fra le mie mani forma poco a poco la grotta di Betlemme, pronta ad accogliere il Bimbo che ancora deve nascere. I suoi personaggi sono piccoletti con le guanciotte e delicati perché di terracotta.Quattro siamo e quattro viaggiamo fino a Madrid per vedere la mia famiglia d’origine. Quattro andiamo a fare un’immancabile passeggiata per il mercatino di Piazza Mayor per scegliere una o due figure e permettere al presepio di crescere insieme a noi, con le nostre credenze ed illusioni, problemi e soluzioni. Ci sono pastorelli e pastorelle di tutti i colori, una, addirittura, porta in testa un piattino con delle caramelle. Quando i bambini erano piccoli costruimmo un ovile di argilla, una fontana di carta pesta, un cortile dove gli artigiani potevano far vedere il loro lavoro quotidiano. Nei pomeriggi in cui si fanno questi lavori, la casa viene invasa da un gradevole senso di pace, come se ci fosse un focolare vicino in grado di riscaldare il cuore, anche di chi non partecipa apertamente.
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Il nostro presepio non è di lusso, né brillante, né ha luci che brillano dalle finestre. In realtà ha soltanto due case. Non ha l’acqua nel fiume, ma la carta di alluminio annualmente stropicciata. Le stelle non sono intermittenti, ma la polare disegnata dai miei figli è di un giallo bellissimo. E la luna di carta, pure. L’erba viene riciclata ogni 365 giorni e gli arbusti sono ogni volta più piccoli, perché l’uso diminuisce il loro volume.Nonostante oppure grazie a ciò, cresce costantemente. E’ ricco dell’affetto con cui adoperiamo il soave cartone che imita le montagne e che facendo crongn crongn fra le mie mani forma poco a poco la grotta di Betlemme, pronta ad accogliere il Bimbo che ancora deve nascere. I suoi personaggi sono piccoletti con le guanciotte e delicati perché di terracotta.Quattro siamo e quattro viaggiamo fino a Madrid per vedere la mia famiglia d’origine. Quattro andiamo a fare un’immancabile passeggiata per il mercatino di Piazza Mayor per scegliere una o due figure e permettere al presepio di crescere insieme a noi, con le nostre credenze ed illusioni, problemi e soluzioni. Ci sono pastorelli e pastorelle di tutti i colori, una, addirittura, porta in testa un piattino con delle caramelle. Quando i bambini erano piccoli costruimmo un ovile di argilla, una fontana di carta pesta, un cortile dove gli artigiani potevano far vedere il loro lavoro quotidiano. Nei pomeriggi in cui si fanno questi lavori, la casa viene invasa da un gradevole senso di pace, come se ci fosse un focolare vicino in grado di riscaldare il cuore, anche di chi non partecipa apertamente.
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Publicado por
María Clara Fuerte
a las
22:09
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