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3.11.09

Al Botánico en octubre, Madrid.




La fuerza de la naturalezza no deja de estupirnos con sus contrastes. En un mismo árbol dos colores conviven en armonía, sin guerras ni sangre.
















Las hojas nacen, crecen y mueren, regalándonos durante el otoño su momento de esplendor.

Fotos: Oli

17.1.09

Madrid nevado


Media hora. Media hora el nueve de enero y Madrid quedò bajo una capa blanca y bajo las miradas asombradas de sus habitantes, que, habituados a ver nevar muy de vez en cuando y de forma sutil, no habían antes observado una postal post-navideña con tanta fuerza como ésta.


El Retiro se convirtió en un lugar de ensueño, especialmente el lago del Palacio de Cristal, que ya tiene magia por su cuenta.


Pasear por el centro habrá sido una verdadera gozada. Qué pena no haber estado allí.


Foto: Oli

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7.1.09

Foto de la Gran Via en Navidad


Cada Navidad Madrid se ilumina de forma original, asombrando y divirtiendo. Esta foto es sólo un ejemplo de un rinconcito de esa gran ciudad que amo con todo el alma y que invito a visitar en cualquier periodo del año. La luz de la izquierda no es la luna, aunque lo parezca, sino una farola captada con magia, para adornar con otra luz la negrura del cielo.

Foto: Oli

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El parque de Eva Perón

Estoy en Madrid. He dejado a todos durmiendo la siesta y me he ido a la parada del autobus. Es fantástico como son ordenados los autobuses madrileños. Llega uno, al centro de la parada, abre sus puertas. Mientras tanto llega otro detrás, se para, herméticamente cerrado, espera a que el vehículo que le antecede deje paso, alcanza el lugar que hace un segundo ocupaba el otro autobus y entonces y sólo entonces, abre sus puertas a los viajeros, que en fila lo abordan. No sé si por la mañana, a la hora de punta, es todo tan civilizado, pero por la tarde es una gozada. Acostumbrada a la invasión del autobus romano que para donde le dejan, abre sus puertas en cuanto puede y las cierra con placer, este vehículo habilitado para inválidos, gordos y mujeres embarazadas me ha parecido casi de otro planeta.Después de estas observaciones me he sentado cómodamente a leer. Disfrutar de calefacción y lectura mientras te transladan al sitio que deseas, es algo grande. Iba yo concentrada en recordar las explicaciones que el sacerdote cristiano le da a Teo en Jerusalén (ver “El viaje de Teo”, de Catherine Clément, que por cierto no me dará tiempo a terminar y tendré que buscar en la biblioteca de la biblioteca del pueblo donde vivo en Italia. Espero que lo tengan, aunque sea en otro idioma), cuando levanto la vista y me encuentro una imagen terriblemente familiar. El parque de Eva Perón, con sus rejas sobrias, negras y estilizadas, con sus abetos. De adolescente solía pasear por allí con mi mejor amiga del bachiller, pero nunca me fijé en esas cosas, sino en todo lo que nos teníamos que contar. Ahora los árboles me parecen natalicios, los edificios austeros y elegantes, los niños, pocos. El barrio ha envejecido. Me equivoco de parada, pues hace mucho que no hago este trayecto, pero no me importa andar un poco antes de llegar a mi destinación. En Madrid me siento agusto, esté donde esté.

30.10.08

Los Madriles IX. Vista de la Gran Vía.








Se pusieron a jugar al escondite. El elfo vigilaba que todos cumplieran con las normas del juego. El ángel había terminado de contar y se movía buscando a los otros habitantes de la Gran Vía. El primero que vió fue el edificio España, que se había ido corriendo hasta el final de la calle e incluso se salió de ella. Se quedó donde le habían visto. Uno a uno el ángel individuó a cada uno de los participantes menos al edificio rojo, que, despacito despacito se había colocado entre dos edificios blancos más altos que él y se había retirado lo suficiente como para que el ángel no pudiera alcanzarlo con la vista. El elfo había notado su estrategia y cuando el ángel declaró haber visto al rojo, supo inmediatamente que estaba mintiendo y paralizó el juego y a sus componentes. En ese preciso momento vinieron a buscarle. La hora de los elfos había llegado (v. “El señor de los anillos” de Tolkien) y el mundo de ahora en adelante sería regido por los hombres. Fueron ellos los que erigieron una estatua en el lugar donde el elfo había vigilado para que el juego fuese limpio.
Si vais a la Gran Vía, a la parada de autobus que hay enfrente de la tienda de muñecas más admirada de Madrid y mirais hacia la izquierda, aún podeís ver los jugadores del escondite en el mismo exacto lugar en que quedaron al irse el elfo.

Muchos madrileños han paseado de pequeños por la Gran Vía de la mano de sus abuelos cuando la calle estaba llena de cines, no estaba tan frecuentada como ahora y el olor de las castañas inundaba las esquinas. Esta u otras historias habrán recreado esas entrañables tardes de domingo por el centro de Madrid.


Para saber algo más serio acerca de la construcción de la Gran Vía
en el Madrid de los siglos XIX y XX, consultad los trabajos de los alumnos de Historia de Madrid en la edad contemporánea 1998/1999 de la Facultad de Historia y Geografía de la Complutense madrileña bajo la dirección del profesor titular de Historia Contemporánea Luis Enrique Otero Carvajal.




Fotos: Oli

11.10.08

Los Madriles VIII. El Palacio Real.


Su origen resale a un castillo musulmán del siglo IX, estructura defensiva construida por el reino de Toledo que sucesivamente fue habitada temporalmente por los reyes de Castilla y sobre la cual se edificó, en el siglo XVI, el Antiguo Alcázar. Sufrió incendios en el 1400 y reformas en la época de los Austrias Carlos V (que nunca vivió en él) y Felipe II (cuando trasladó la Corte a Madrid). Felipe IV lo enriqueció con cuadros de Murillo, Velázquez, Rubens, Tiziano. La Nochebuena de 1934 un inmenso incendio lo destruyó.

Felipe V exprimió el deseo de construir la nueva morada, en la cual no llegaría nunca a habitar, en el mismo lugar. Se realizó en materiales no ignífugos, para evitar otras pérdidas. Piedra y ladrillo en el austero exterior, mármoles españoles y estucos en los interiores decorados por Tiepolo, Giaquinto, Mengs, Maella y Bayeu. Las obras comenzaron el 6 de abril de 1738 y en el 1764 Carlos III estableció allí su residencia.

Además de los diversos ambientes conservados con las ricas decoraciones y muebles de las épocas en que fueron arredados, colecciones de relojes, tapices y porcelanas, el palacio cuenta con: 1) la Galería de Pinturas con artistas como Goya, Velázquez, Caravaggio, Juan de Frances, entre otros, 2) la Sala de Música de la Real Biblioteca donde se exhiben los Stradivarius Palatinos, collección de tres violines, una viola y un bajo obra de Antonio Stradivari, Patrimonio Nacional. Un violonchelo del 1700 del mismo autor los acompaña, 3) la Real Armería, considerada una de las mejores en su género, conserva una selección de reales armaduras y armas medievales y la armería de los Habsburgo Carlos V y Felipe II, 4) Jardines Campo del Moro, cuyo origen data de la época de Felipe II pero su aspecto odierno es del 1890, hoy Patrimonio Nacional.

Su extensión es la mayor (más de tres mil habitaciones) de los palacios reales de Europa Occidental. Es la residencia oficial del rey de España, pero su Majestad Don Juan Carlos I de Borbón renunció a vivir en él y a tener una corte cuando subió al trono. La casa de la familia real fue desde el principio el pequeño palacio de la Zarzuela, en el Monte del Pardo. El Palacio Real, obra de los arquitectos Filippo Juvara y Juan Bautista Sachetti ayudados por Ventura Rodríguez y Francesco Sabatini, fue y es sin embargo protagista de grandes ceremonias de Estado, actos oficiales y recepciones.

Fuentes:
Ciudades de la Historia. Madrid de los últimos Austrias, de Néstor Luján
Wikipedia
Patrimonio Nacional

Fotos: Oli